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Mitla, el culto prehispánico a los muertos

Por Flor Hernández | Agencia Conacyt

Villa de Mitla, Oaxaca. 1 de noviembre de 2018 (Agencia Informativa Conacyt).- El Día de Muertos es una de las celebraciones prehispánicas más importantes de México que resistió la Conquista, los siglos y se mantiene en la actualidad, pese a la globalización.

En Oaxaca, el festejo inicia días antes, con las compras en los mercados de frutas de la temporada: guayaba, mandarina, nuez, cacahuate; las flores de cempaxúchitl y la borla roja; los chiles secos y especias para el mole que deberá ser preparado con guajolote.

Todo tendrá que estar listo antes del 1 de noviembre, ese mismo mes en que los antepasados zapotecas recibían la visita de sus familiares muertos, asegura el arqueólogo Leobardo Daniel Pacheco Arias, director de la zona arqueológica de Mitla.

A lo largo de Mesoamérica, el culto a los muertos fue fundamental, inclusive se crearon ciudades sagradas para la veneración, entre ellas Mitla, un centro ceremonial enclavado en las faldas de la Sierra Norte de Oaxaca, habitado por la más alta jerarquía religiosa zapoteca que resguardaba los “bultos sagrados” o quiña de los gobernantes de la nación zapoteca.

A este sitio acudían los zapotecos de distintos pueblos de la Sierra Norte, Macuilxóchitl, Ocotlán y Zaachila, esta última ciudad concentró el poder político de esa nación tras la caída de Monte Albán, apunta Pacheco Arias.

El complejo también era visitado por el pueblo, debido a su importancia comercial y la existencia de un gran mercado, mientras que los gobernantes o coquis llegaban para consultar al “Huiatao” (el que lo ve todo) y que los españoles interpretaron en sus crónicas como “el sumo pontífice”, es decir, la cabeza religiosa zapoteca.

La importancia de Mitla se ve reflejada hasta la actualidad, puesto que conserva la grandeza arquitectónica que la convierte en única, al contar con mosaicos de grecas. Este pueblo tuvo un desarrollo previo de al menos ocho mil años, y su máxima expresión fue Lyobaa, explica el arqueólogo.

Y es que en las cuevas cercanas a este complejo fueron encontradas las semillas de calabaza domesticada más antiguas del mundo y de teocintle (el abuelo del maíz) más añejas de América.

En la belleza de sus palacios adornados con mosaicos de grecas, habitaba el “Huiatao” y otros sacerdotes de menor jerarquía: “copa pitao”, “hueza yeche” y los aprendices o vigañas, todos ellos adoradores de Pitao Bezelao (dios de la muerte) y Xonaxi Quecuya (esposa de Pitao Bezelao y diosa de la muerte).

La tradición de honrar a los muertos persiste en la actualidad, con el uso de algunos simbolismos en la tradición culinaria, como los guajolotes —animales domésticos que eran utilizados desde la antigüedad para ritos ceremoniales— para preparar el mole que se ofrenda en los altares.

Para los zapotecos, el culto a los muertos fue tan importante que, inclusive, cuando la situación con los españoles se tornó violenta, extrajeron los bultos sagrados (quiña) de las tumbas de Mitla y los resguardaron en lo que en la actualidad se conoce como la “Cueva del diablo”, en inmediaciones de Mitla.

Y es que los restos de los gobernantes eran tan importantes porque se creía —y de esta forma se legitimaban— que, durante su vida, mantenían una comunicación con las deidades y a la vez con sus antepasados, por lo que sus restos debían venerarse y mantenerse vigentes, asegura el antropólogo Leobardo Pacheco Arias.

Aun en la actualidad, algunas comunidades de la Sierra Norte de Oaxaca creen que sus ancestros regresan a sus poblaciones de origen para visitar a sus familiares viajando en la espalda de un chapulín desde Mitla.

La historia de este centro ceremonial sagrado de los zapotecos fue registrada por los españoles, quienes en un intento por acabar con las creencias de este pueblo, construyeron sobre su palacio principal una iglesia, y no fue hasta el gobierno de Porfirio Díaz (hacia 1901), cuando el arqueólogo Leopoldo Batres realizó los primeros esfuerzos por explorar y conservar este sitio.

Pese a los intentos de acabar con el culto a la muerte por parte de los españoles, la celebración continúa hasta nuestros días y mantiene símbolos esenciales de la época prehispánica, generando pertenencia e identidad.

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