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Animal loco

Aquél “hombre feroz”, humano libidinoso que arrebató la inocencia de aquella que pudo ser su hija, complació su instinto carnal en un acto mefítico logrando en ella repudiar su identidad. Él era un ser corriente, un hombre que decía amar a la madre de la niña; él, se fijó en su hija, la desnudó en su mente y con un pensamiento banal cortejó la infancia y la transformó. La edad de ella no fue suficiente para demostrarle que no sabía amar de una manera diferente: obligada, oculta y doliente.

Él no la veía con ojos de padre, nunca lo fue realmente. Su ego se alimentaba de la sombra de miedo que velaba por la pequeña. Ella tenía por lo que parece 10 años, no le gustaba su verdadero nombre y prefería hacerse llamar “Rosita”, así como las flores, frágil y delicada, viva e inestable físicamente.

Aquél hombre que esclavo de su deseo carnal había alimentado su sed por varias tardes seguidas, se aprovechó de la creatividad y libertad infantil de Rosita para aniquilar su niño interior. Hablar con ella era sentirse reprimido ante un silencio que escarmienta el recuerdo intacto. De ese mutismo brotó la sensación de miedo, el enlace que me había conectado con el recuerdo de ella había impregnado todo en ese lugar; había sobrevivido tanto tiempo a esa bestia que mencionarlo revivía la esencia enfermiza que destapaba la misma podredumbre.

Rosita no sabe a quién querer, extrañaba su infancia, su delicadeza, los amigos que nunca conoció. Desterraba su identidad, la misma que cambia porque no le gusta. Ella se abrazaba a sí misma, esperaba encontrar quién la amara, quien le diera regalos, le dedicara canciones y horas en el teléfono porque entre muchos de sus deseos, adquirir experiencia en el amor era importante para cuando ella creciera. Nacía de la soledad, ahí era tranquila, era el silencio y la penumbra y eso le gustaba. No tenía amigos, a los niños contemporáneos los veía como seres inferiores.

Rosita solo vive con su padre, decía no tener madre, aseguraba no quererla, que era imposible apreciar a alguien que la había cambiado por un hombre diferente al que la engendró.  No podía comprenderla, estaba tranquila (o eso me hacía pensar), a veces me sonreía, me acariciaba el cabello, me miraba las uñas, me decía que las quería tener del mismo color, del color del carro que está abandonado frente a la casa de ella, de su color preferido, rojo escarlata.

Ella helaba al igual que la tarde, a sus palabras le acompañaba la lluvia y el color de la tarde lo pintaba su cabello, amarillo como el sol.  La conversación fluía mientras esperaba a su padre. Se veía tan fuerte y tan frágil, tan enérgica y opacada al mismo tiempo. La habían obligado a crecer tan rápido y eso me complicaba entenderla, no sabía cómo referirme a alguien que superficialmente era toda una niña y en su interior, su forma de pensar la había saltado unos años más adelante.
En ella existía un dolor que conocí en sus ojos, sus heridas no marcaron su cuerpo pero sí pintaron su piel; su silencio se abrió en la tierra y se selló en la lluvia. Hay dolores que se reflejan guardando silnecio pero el de ella, ya había callado por mucho tiempo, tenía nombre propio y le guardaba luto a su propio ser que dejó morir el día que tocó la rosa.

Aún habita el hombre insensato, el ser que ha sido denominado humano y que a diferencia de los animales se hace llamar perfecto por su capacidad de raciocinio, el único capaz de disfrutar del dolor ajeno, de rezar y pecar al mismo tiempo. Este es el hombre que carece de equilibrio, el hombre que parecido al “padre de Rosita” se hace llamar “animal loco”, así como solía referirse Garavito. Cegados por el apetito insaciable que se trasformó en un ser fragmentado que en un estado sonámbulo recorre una vida “normal”.

Después de una conversación se quedó ella, taciturna sentada en las gradas esperando a su padre biológico: llevaba un vestido de flores corto, sus risos tapaban la mayor parte de la cara y apoyaba sus manos en un libro que decía “El ruiseñor y la rosa” de Oscar Wilde. En algún momento había mencionado que ese precisamente era su libro favorito, que no le gusta mucho escribir y que prefería leer. Ella, además de tener una pusilánime ortografía escribía para liberar el cuerpo, para vaciar la mente y liberar el espíritu. A un ser omnipresente al que muchos denominan “Dios”, es a quien ella dedica sus cartas, su vida, sus secretos, su tiempo.

La observé marcharse, sabía que no la volvería a ver, que así como se acercó a mí de manera inesperada se desvanece silenciosa entre el ruido de las calles.

 

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